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martes, 2 marzo , 2021

Amapola, la flor de la esperanza, pero también de la muerte

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* La siembra de esta flor es la única opción para obtener ganancias para productores de la sierra de Guerrero

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* “Uno sólo se la vende a los corredores que llegan y ya. Uno ya no sabe qué pasa después de que le pagan”, dice un joven que toda su vida la ha cultivado

 

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ALONDRA GARCÍA

 

Para miles de guerrerenses que viven en condiciones de pobreza extrema, la esperanza nace de una flor… y no es La Rosa de Guadalupe, sino la amapola.

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La sierra de Guerrero es una región inhóspita, impenetrable para quienes la desconocen, de naturaleza salvaje, donde los bosques se ocultan debajo de una espesa neblina y la única ley que vale es la que imponen los pueblos.

Esta región que abarca 14 municipios, concentra el 3 por ciento de la población del estado, con poco más de 143 mil habitantes.

El paisaje es pintoresco, digno de plasmarse en los cuadros más bellos de los pintores más renombrados: casas de madera con chimeneas humeantes que se asoman entre los bosques de pino; jardines y calles salpicados de hortensias y alcatraces; niños con mejillas chapeadas y ojos tornasol.

Pero este lugar que aparenta ser el paraíso carece de servicios básicos, centros de salud, escuelas y fuentes de empleo.

Aquí la gente se muere por la picadura de un alacrán y las madres se juegan la vida con cada parto; parir muchas veces significa morir en el intento.

Dos veces por año, la esperanza renace en los cerros que se bañan de flores rojas, blancas, moradas y rosas. Con la amapola, florece la esperanza y la subsistencia de la gente de la sierra.

 

El Durazno

 

El Durazno es una pequeña comunidad ubicada en la sierra del municipio de Coyuca de Catalán; todos los habitantes de este pueblo se dedican a la siembra de amapola.

Roberto González —nombre ficticio que utilizamos para llamarlo— nació en este pueblo, actualmente tiene 28 años y desde que tenía 12 se ha dedicado a cultivar la flor, de la que se extrae la goma base para la fabricación de heroína.

“Yo empecé de peón, con la intención de sacar un dinerito”, recuerda mientras habla de su vida, en una entrevista realizada en el ejido de El Aguacate.

Con el dinero que ahorró, se hizo de un plantío propio. “Se fumiga dos veces, con Mata Todo y Herbipol. Las garrafitas de 5 litros cuestan 480 pesos y la semilla uno la junta de la misma cosecha”, explica el hombre de piel morena.

Hay de cuatro colores: blanca, morada, roja y rosa, pero él prefiere la roja, porque su tiempo de floración es menor que en las demás variedades.

“La blanca es tardía, la roja es pronta, en tres meses. Fumigas, siembras y riegas, a los 15 o 20 días ya está brotando la planta. Entonces vas y le tiras el abono, del que regala el gobierno. Después la planta crece, la ralas, hay que desahijar, vuelves a abonar, la vas arrancando, vas dejando ralo”, el procedimiento es simple, pero laborioso.

La siembra de amapola es ilícita, pero no por eso deja de generar empleos; por cada plantío se emplea a por lo menos un peón, que gana de 200 a 250 pesos diarios, además de sus tres comidas, refresco y cigarros para aguantar la jornada de trabajo bajo el sol.

Entre risas nerviosas, Roberto González cuenta que lleva 16 años ininterrumpidos sembrando amapola; su mayor logro fue recolectar 11 kilos de goma de opio en un plantío de una hectárea.

El trabajo de rayado dura un mes, “le das la primera rayada, esperas unos siete días, luego le das la segunda rayada y te esperas otros seis días, después la rayas otra vez y así hasta que te la acabas”, nos explica.

El rayador de amapola es de fabricación casera, con una tablita y una hoja para rasurar que se consigue en cualquier tienda.

Pero, ¿cuánto gana un productor de amapola? Según González, la ganancia mínima es de 150 mil pesos.

Pero obtener ganancias no es fácil, porque el Ejército llega en cualquier momento, sin avisar y de un jalón, arrancan planta por planta. “Si te chingan, pierdes todo”, nos dice.

Ese es, quizá, el mayor temor de esta gente y el grupo musical Los Armadillos de la Sierra lo plasmó en un corrido titulado El Rayador:

 

“Me la rifé cuatro meses de la semilla a la bola

Mojadas y malpasadas, chula se dio la amapola

Cayeron cerca los guachos, dejamos la planta sola

Estaba bien agüitado, tanto trabajo pa’ nada”

 

Esa vez que Roberto recolectó 11 kilos de goma tuvo suerte porque no llegaron los guachos, como le dicen a los militares.

“Me gané como 250 mil pesos, me compré una moto y lo demás me lo gasté en mi familia, me hice una casa y me casé”, recuerda.

Sin embargo, anteriormente ha tenido problemas con los militares: tres veces le han destruido su plantío, en varias ocasiones lo han “correteado” e incluso le dispararon una vez.

Gracias a los radios portátiles, los pobladores se avisan de la llegada del Ejército. “Los radiecitos nos sirven, esos son los que chismorrean para donde quiera, nos avisamos para dónde van los guachos y ya uno ubica y se esconde”, nos explica.Los compradores de goma de opio llegan hasta las casas de El Durazno, tocan a la puerta y se llevan el producto.

Contrario a lo que se piensa en las ciudades, la gente de la sierra no utiliza armas para cuidar los campos de amapola.

“Cuando andamos trabajando la planta no andamos armados, nunca, ¿para qué, si no se ocupa?”, nos dice Roberto. Además, al estar desarmados hay menos posibilidades de que los guachos les disparen cuando los encuentran en los plantíos.

¿Hay alguien en El Durazno que nunca se haya dedicado a la siembra de amapola?, se le pregunta.

“¡No!, ¿pues quién?, aquí todos nos mantenemos de eso, no hay otra forma, es la única opción. Ni modo que uno se ponga a robar, eso es malo. Mejor así pobremente lo que saque uno de la amapola”, responde.

-¿Sabes para qué se usa la goma de opio?

-“No, ni idea”.

-¿Sabes a dónde va?

-No, uno sólo se la vende a los corredores que llegan y ya. Uno ya no sabe qué pasa después de que le pagan.

En la sierra, a donde no llega el periódico ni la radio, la gente no está enterada de la guerra que se vive abajo, en los pueblos y ciudades.

Aquí no se conoce de los cárteles de la droga, ni de la confrontación entre bandas. Mucha de esta gente nunca ha visto la foto de un cadáver descuartizado, tan común en los diarios que circulan en Guerrero.

-¿Has leído alguna vez de todo lo que provoca la droga?

-No.

-¿Estarías dispuesto a dejar de sembrar amapola?

-Sí, si hubiera otra cosa en qué trabajar, algo limpio. Uno no quiere andar de huída de los guachos.

-¿Cómo viven en El Durazno?, ¿no hay violencia a causa de la siembra de amapola?

-No, acá cada quién siembra lo suyo y nadie se roba.

En este pueblo de la sierra, la ley radica en el pueblo y todos la cumplen cabalmente. En la entrada de la comunidad, un letrero de metal oxidado y letras blancas le informa a los visitantes cuáles son las normas obligatorias.

“Bienvenidos al Durazno, favor de respetar las reglas del pueblo: 1) Se prohíbe la venta de bebidas alcohólicas, sin excepción. 2) Se prohíben los animales libres en las calles. 3) El que se sorprenda robando se sancionará. La persona que ignore estas reglas se castigará”.

 

Los sueños en una flor

 

Rodrigo Jared es un niño de 11 años, cursa el sexto año de primaria y vive en la comunidad serrana de El Durazno. Desde hace un año, el menor le ayuda a su padre a rayar amapola y juntar la goma en un bote de Jumex.

“Mi papá me dice que trabaje y le ayudo a ralear. Sé rayar, pero no me gusta”, nos cuenta el niño de mejillas sonrosadas y piel clara.

Cuando termine la primaria, Rodrigo Jared estudiará en la telesecundaria del pueblo. Esa es toda la oferta educativa del pueblo.

“Yo quiero estudiar, quiero ser contador porque me gustan las matemáticas”, nos dice el niño. También le gusta el futbol y le gustaría ser deportista, pero en su pueblo no hay equipo, ni entrenador, ni nada. Sólo tienen un par de balones ponchados y parchados.

Cuando termine la telesecundaria, Rodrigo tendrá que abandonar su pueblo y estudiar en alguna ciudad, quizá Chilpancingo o Pungarabato.

“Mi papá me va a ayudar a estudiar, ya me dijo”, nos dice mientras en su rostro se dibuja una sonrisa.

Pero estudiar una carrera universitaria, pagar renta, comida, pasaje, comprar una cama y adquirir el material que piden los maestros durante casi cinco años, no es barato.

Por eso, su padre seguirá con la siembra de amapola. “De ahí vamos a pagar su carrera”, dice su padre, orgulloso, porque sabe que gracias a la flor, su hijo tendrá más posibilidades de una vida mejor.

 

Amapola, negocio que florece

 

Guerrero es la entidad donde más amapola se siembra en territorio mexicano, ya que en sus 63 mil 621 kilómetros cuadrados se produce 60 por ciento de toda la goma de opio del país, indican informes de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) y del Departamento de Estado en Washington.

Registros militares indican que en 56 municipios del norte de Guerrero se siembra la mayoría de los cultivos de este tipo.

Según la Evaluación Nacional de las Amenazas de las Drogas 2014 realizada por la Agencia Antidrogas de Estados Unidos (DEA), México produce casi la mitad de la heroína que se encuentra en ese país, con un incremento de 39 por ciento en comparación a lo que se registraba en 2008.

Los decomisos de opio realizados por el gobierno y la erradicación de plantas de amapola se han disparado en los últimos años.

Las incautaciones de pasta de opio en México aumentaron 500 por ciento entre 2013 y 2014; las erradicaciones de cultivos de amapola se incrementaron 47 por ciento y los decomisos de la droga ya procesada aumentaron 42 por ciento.

El 8 de octubre de 2015, la DEA informó que el estado de Guerrero registró un incremento del  50 por ciento en el cultivo de amapola.

En una comparecencia ante el subcomité de Salud del Comité de Energía y Comercio de la Cámara Baja de Estados Unidos, el sub administrador en funciones de la DEA, Jack Riley explicó que el incremento en el cultivo de amapola se refleja en el repunte de producción y tráfico de heroína desde México a los Estados Unidos.

La lucha entre cárteles por dominar la venta de drogas desató una guerra que ha dejado una estela de muerte y violencia en la mayor parte del país.

La flor de amapola tiene el sello de la muerte para la mayoría de los mexicanos, pero arriba, en la sierra, su cándido color es el brillo de la esperanza para miles de familias que aspiran a una vida mejor.

 

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