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jueves, 30 junio , 2022

Compromiso por Guerrero y con la paz / Isidro Bautista

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Isidro Bautista

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Habría que considerar como un lapsus la declaración del arzobispo Carlos Garfias Merlos formulada en el sentido de hablar con los delincuentes, porque el “Compromiso por Guerrero y con la Paz”, de los obispos de la Provincia Eclesiástica de Acapulco, es la disposición de estos últimos de colaborar para la reconstrucción del tejido social, el Estado de derecho y el fortalecimiento de las instituciones.

En ninguna línea de ese pronunciamiento aparece estampado el deseo o propósito de apalabrarse con maleantes.

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Ante una pregunta de los medios de comunicación, al momento de dar a conocer ese documento, hecha en el sentido de que si el diálogo al que los obispos convocaron incluiría al crimen organizado, Garfias cayó: “La palabra es el instrumento privilegiado de las autoridades para relacionarse con la ciudadanía, y la ciudadanía también son los que son delincuentes” (revista Proceso, edición digital).

Por eso, el gobernador Héctor Astudillo Flores pidió posteriormente “que leyéramos bien lo que declararon los obispos” (La Jornada Guerrero, edición de este miércoles), toda vez de que dicho Compromiso está plegado de buenas intenciones, tan necesarias en una entidad federativa que ha estado convertida como un barril de pólvora y asfixiada por la delincuencia organizada.

Es mayormente indispensable esa postura colectiva por la concepción que ha tenido el titular del Ejecutivo estatal de la violencia o la inseguridad como el problema social número uno de los guerrerenses, y de que es prioridad para su gobierno la reconstrucción del tejido social.

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De entrada, en el referido documento, se afirma que “el nuevo gobierno comienza su gestión en medio de una profunda crisis social, política, económica y en materia de derechos humanos”, por lo que “según datos del Sistema Nacional de Seguridad Pública, Guerrero sigue siendo la entidad más violenta del país”.

De inmediato ahí se propone “crear una gran plataforma social, en la que gobierno, iglesias y todas las instituciones y organismos de la sociedad civil trabajemos en la reconstrucción del tejido social, el Estado de derecho y el fortalecimiento de las instituciones”.

En efecto, en ello se hace alusión al crimen organizado, pero para sugerir que “formulemos los mecanismos legales e institucionales que permitan acompañar de forma integral a las víctimas, para brindarles la posibilidad de reintegrarse a la vida comunitaria en las mejores condiciones posibles, buscando que desde un enfoque jurídico en derechos humanos, puedan acceder a la justicia y a la reparación del daño, y a la convicción de que nunca jamás se repetirán hechos semejantes”.

Se asegura que “la atención a las víctimas de la violencia es fundamental para lograr la paz”, porque “no se puede pensar en construir la paz, habiendo tantas personas afectadas por la violencia”.

Y por cuanto al diálogo, se sostuvo que “es apremiante que desde el gobierno y con la participación de toda la sociedad, se privilegie la palabra como herramienta social y política, a fin de transformar nuestra realidad social. En indispensable que se generen procesos de diálogo y se puedan crear los escenarios posibles, donde nos escuchemos, lleguemos a acuerdos y reconstruyamos la memoria histórica de nuestro pueblo”. Nunca aluden aquí al crimen organizado.

Como se ve, la alusión de “dialogar incluso con los delincuentes” no debe calar más que lo que entraña ese escrito.

Astudillo Flores fue preciso y oportuno: “yo dialogaré con quien tenga que hacerlo para tratar de que Guerrero esté mejor, pero tampoco estoy en la ruta de ponerme a dialogar con quienes sencillamente están absolutamente fuera de la ley” (La Jornada Guerrero).

También fue respetuoso con esos jerarcas religiosos, en no fustigarlos por una simple contestación espontánea, justo cuando en Guerrero es elemental la tolerancia, y cuando el mismo gobernador ha subrayado que su gobierno no podrá transitar en una ruta distinta a la de la sociedad civil, específicamente en cuanto a los problemas de violencia e inseguridad.

Y es que el hecho de dialogar con los delincuentes sería como ver pactar a Dios con el diablo, o a la Iglesia en manos de Lutero.

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