¿Lista la nueva masacre?
Felipe Victoria
Son muchos los partidarios del movimiento de comerciantes organizados “Habla bien de ACA”, que resultan los primeros en quejarse de que la temporada estuvo mala y con escasas ventas.
Bien se entiende que los trapitos sucios deben lavarse en casa, pero a decir verdad les encantan los argüendes de lavadero y los chismes fantasiosos en que al más santito le cuelgan toda clase de milagritos, y el que no es “funcionario bandido”, es mujeriego promiscuo o gay de clóset, pero nadie queda exento de habladurías.
Pobre intelectualidad de parroquianos absortos en sus celulares que no sueltan ni un minuto, aunque ya se contagiaron del delirio de persecución sintiéndose objeto de espionaje oficial
Si consultáramos en serio ¿cuántos periódicos impresos locales y nacionales miran cada cuándo?, nos iríamos de espaldas; igual si se pregunta por la frecuencia y estación radiotransmisora en que se escucha a los figurones de la cabina.
Cuando he sido cuestionado al estilo Julio Verne con su novela de que el hombre viajaría a la luna, no entienden que para pronósticos y vaticinios no se necesita bolita de cristal, sino que existe la prospectiva de riesgos.
¿Acaso es imposible calcular que gavillas de comerciantes de drogas apadrinados por gente importante se van partir la mandarina en gajos por el control absoluto de rutas y territorios?
Mala la hora en que los meros hermanos Beltrán Leyva y su famoso primo se alejaron de Guerrero, porque en aquellos tiempos los líos solamente eran con los “zetas” invasores del Golfo y no molestaban gente ajena.
A partir de la escisión del Cartel de Sinaloa asentado en Guerrero, comenzó el desbarajuste, perdiéndose el orden y la paz entre grupos, pero algo parecido acontece en todo el país y no hay autoridad que respeten los cárteles, porque compraron las corporaciones policiacas con su ley de plata o plomo.
Caramba que ya ni los pobres presos de Acapulco pueden dormir tranquilos en las cárceles, como ocurrió la madrugada del jueves.
Una indignante masacre fabricada que tiene tufillo a topillo para hacer tropezar a políticos encumbrados, pero es prudente cerrar la boca sin contar con información oficial verosímil.
En fin, no todo es de espanto alarmante; Acapulco y sus playas, su exquisita gastronomía y la calidez de los lugareños hacen un paraíso del lugar, el preferido de México durante la mayoría del Siglo XX por sus playas y el mar con su temperatura que acaricia, donde la brisa del amor corre libre y aventurera.
Muchos de los turistas que prefieren Acapulco van por inercia subliminal pues los engendraron ahí. En cuántas películas mexicanas no disfrutamos a los grandes artistas preferidos actuando en sus hermosos paisajes.
Acapulco tuvo su máximo esplendor pero se durmieron en sus laureles, se confiaron y no se les ocurrió actualizar sus atractivos para afrontar la competencia de otros nuevos lugares turísticos con mejor oferta, aunque más lejanos.
Allá por 1992, el visionario José Francisco Ruiz Massieu discurrió agrandar Acapulco, bautizando a la zona Diamante con ese mismo nombre de marca, pero diferencias enormes; el Tradicional se quedó atrapado en el tiempo y el nuevo creció demasiado, los de la Diamante casi no se asoman a la bahía y a los otros no les alcanza el presupuesto para pasear por allá en los complejos comerciales de lujo.
Ni qué decir de la Autopista del Sol, que acortó el tiempo del traslado vía terrestre y propició la dicha de muchos al hacerse de condominios de primer mundo.
Sí, pero existen más de tres Acapulcos: el de siempre, el de Diamante y el de los lugareños olvidados e inseguros por desgracia, víctimas de la delincuencia y de estrategias ineficaces que no pasan de foros y más foros, o reuniones del gabinete federal para dilucidar si el huevo o la gallina fueron primero, en lugar de actuar con firmeza para frenar a los delincuentes.
Es imposible seguir cerrados de ojos esperando a que la paciencia popular estalle y se transforme en venganza privada, o consintiendo sospechosos grupos armados de dizque autodefensa que causan más problemas que soluciones.
No falta quienes añoren los duros tiempos de aquél gobernador Rubén Figueroa Figueroa, que no se anduvo con medias tintas para pacificar sublevados y acostar chaparros porque los turistas merecían la mejor atención, tranquilidad y seguridad, pero igual los habitantes; en aquellos tiempos de la segunda mitad de los setentas, los ladrones no venían a Guerrero porque les daba miedo su policía feroz.
Alejandro Cervantes Delgado dialogó y como sea Acapulco siguió su marcha en relativo orden y paz todavía con René Juárez Cisneros, hasta marzo de 2005, pero a partir de entonces y durante dos gobiernos perredistas externos la narcoviolencia llegó y se adueñó de la entidad.
Héctor Astudillo recibió en 2015 un Guerrero ubicado en lo primero de lo malo y lo último de lo bueno, pero no descansa para recomponer el panorama, solo que Guerrero nos necesita a todos cerrando filas con él. Necesitamos contribuir sinceramente a liberarlo del acoso de que es objeto entre tantos que le ponen zancadillas por todas partes, a toda hora.
¿Qué tiene este Guerrero Bronco que como la maleza brotan temas escalofriantes aptos para la novela negra?
