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jueves, 2 febrero , 2023

Averígüelo Vargas

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Demanda Astudillo solidaridad del gobierno federal ante los daños que dejó “Narda”.— Conmemoran 51 años de la matanza del 2 de octubre en Tlatelolco

Enrique Vargas

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La tormenta tropical ‘Narda’ arrojó enormes cantidades de agua sobre el territorio guerrerense el pasado fin de semana, por lo que dejó muchos caminos destruidos y arrasó con puentes importantes, además de dañar las viviendas de los habitantes de las dos costas, principalmente, de manera que los daños que produjo son cuantiosos, por lo que se hace necesaria la intervención del gobierno federal a través del Fondo de Ayuda ante Desastres Naturales (Fonden) que ha estado en operación desde hace bastante tiempo.

El gobernador Héctor Astudillo ha seguido de cerca la situación que se produjo con ese fenómeno natural, de modo que, además recibe de sus colaboradores tiene una imagen bastante completa de lo que ocurrió y de las necesidades que se presentan.

En los estados como Guerrero no hay recursos en los presupuestos locales para atender esas emergencias, por lo que es necesaria la intervención del gobierno de la República para cubrir tantas necesidades e iniciar lo más pronto posible la reconstrucción de las obras dañadas o destruidas.

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Son unos 30 municipios del estado especialmente en las costas y la Montaña, los que resultaron más afectados por la tormenta que se desplazó a lo largo de las costas Chica y la Grande, aparte de Acapulco, que recibió bastantes perjuicios, incluido su sistema de agua potable que está suspendido.

El mandatario estatal, HAF, su esposa, la maestra Mercedes Calvo y la mayoría de sus secretarios, como Mario Moreno Arcos, Juan José Castro Justo, Rafael Navarrete y varios más, lo acompañan y colaboran en las acciones que deben desarrollarse para ayudar a la gente afectada.

CONMEMORAN 51 AÑOS DE LA MATANZA DEL 2 DE OCTUBRE EN TLATELOLCO.— Un aniversario más se conmemoró en muchos lugares del país, pero especialmente en la Ciudad de México, por la agresión que el Batallón Olimpia desató contra los estudiantes el 2 de octubre de 1968, en la que varios centenares de alumnos de varias escuelas, padres de familia vecinos del lugar y algunos curiosos, fueron masacrados por militares que estaban preparados para brindar seguridad a los XIX Juegos Olímpicos que arrancarían una semana después.

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Un importante contingente militar acudió a la Plaza de las Tres Culturas, comandados por el general Toledo, quienes no llevaban la instrucción de disparar contra los estudiantes, sino que incluso lo hicieron contra los integrantes de ese “Batallón Olimpia”, que vestidos de civil se entremezclaron con los manifestantes, pero que para identificarse llevaban un guante banco en una mano, para evitar agresiones entre ellos.

Ese contingente, del que no tenían conocimiento los que iban con el uniforme militar, fueron los que iniciaron la balacera, colocados muchos de ellos en departamentos y en el balcón del tercer piso donde estaban los dirigentes del movimiento y varios periodistas, como la italiana Oriana Falacci, que resultó herida, aunque no de gravedad.

Incluso se ha manejado la versión de que ni el general Marcelino García Barragán, secretario de la Defensa Nacional, estaba enterado de la acción de ese grupo, porque se asegura que muy celoso y estricto de las acciones militares no habría aprobado la acción de ese grupo de militares disfrazados de civiles que fueron enviados para darles un escarmiento a los estudiantes que acudieron al mitin y para cerrar todo tipo de manifestaciones ante la proximidad del inicio de los Juegos Olímpicos, para los que no se quería ninguna interrupción.

Se especula que la intervención de ese grupo se decidió entre el presidente Gustavo Díaz Ordaz y los mandos medios que controlaban al Batallón Olimpia y con la muy posible intervención del secretario de Gobernación, Luis Echeverría Álvarez.

El Batallón Olimpia estaba integrado por decenas o cientos de elementos que habían recibido una capacitación especial desde un año antes, cuando menos, a fin de tenerlos en las mejores condiciones para garantizar la seguridad durante el desarrollo de la justa olímpica que estaba por celebrarse.

Después de la balacera, en la que los militares respondían incluso a los integrantes del Olimpia, porque no los reconocían como parte de las fuerzas castrenses, ya que nunca se manejó esa información oficialmente ni siquiera dentro de los jefes militares que seguían el movimiento estudiantil, aunque antes el Ejército ocupó la Ciudad Universitaria y derribó la puerta de la Preparatoria Uno con un disparo de bazuca.

En mi caso recuerdo muy bien los pormenores del movimiento estudiantil de ese año, porque como reportero de El Sol de México, cubría la “fuente” educativa, incluida la UNAM, aunque no el IPN que cubría otro compañero, desde fines del año de 1965.

Ese periódico pertenecía entonces al conocido coronel José García Valseca, de quien se comentaba que había sido gente cercana a Maximino Ávila Camacho, el hermano incómodo del presidente Manuel Ávila Camacho, sucesor del presidente Lázaro Cárdenas.

Mi base de trabajo estaba en la edición de Mediodía, aunque con frecuencia se me llamaba a colaborar con el periódico matutino, del mismo nombre, por lo que en 1970 me tocó cubrir parte de la campaña del entonces candidato presidencial priista, Luis Echeverría.

No hay duda que eventos como el Movimiento Estudiantil de 1968 son hechos históricos que dejan una huella que no es posible olvidar, por la intensidad de los acontecimientos que tiene uno que acompañar y hasta por los riesgos que deben correrse, como ese 2 de octubre y otros durante el desarrollo de todo lo que ocurrió a parte del 26 de julio, cuando arrancó todo, luego del enfrentamiento entre alumnos de la Vocacional 7, que estaba en Tlatelolco, y los alumnos de la preparatoria particular Ochoterena.

Esos y otros muchos eventos, dentro y fuera del país, son los que hacen que la carrera del periodista sea muy gratificantes en cuanto a experiencias, porque en cuando a la retribución económica está bastante limitada.

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