La maestra milagrosa

 

 

En la bocacalle de Altamirano y Allende, en donde actualmente funciona una ferretería, allí tuvo su hogar la maestra Albinita Bello, mujer titulada en las tareas de enseñanza escolar; a la par que era su domicilio, en lo que fue sala la convirtió en aula escolar, enseñándoles las primeras letras a un puñado de niños, desconociendo las razones por las cuales no admitió a mujeres. En la parte superior del pizarrón tenía su título de profesora, el cual le había sido entregado por el gobernador coronel Antonio Mercenario en el año de 1900.

Para enseñar a leer y escribir a sus alumnos, doña Albinita como era generalmente conocida, ocupaba como herramienta de enseñanza el célebre Silabario de San Miguel. A los niños que mejor hacían las tareas asignadas, solía premiarlos con frutas que cosechaba en su propio huerto, de acuerdo a la temporada que corría.

De manera periódica se reunía con padres de familia, a quienes daba a conocer el adelanto escolar de sus vástagos. De manera mensual realizaba exámenes, para conocer el adelanto de sus alumnos que era por lo general satisfactorio. Para estar aptos para ingresar a una escuela oficial, los niños eran examinados en sus conocimientos; de aprobar sus padres eran llamados, comunicándoles la buena nueva.

Para darle realce a la terminación del Silabario de San Miguel, el menor era conducido de la escuela a su hogar, en medio de un arco de carrizos, el que se adornaba con papel de china de colores. Desde la escuela sus compañeritos llenos de desbordante júbilo, gritaban a todo pulmón; ¡que viva la cruz del calvario, porque este niño terminó el silabario!

Al arribar a la casa del infante, sus padres ofrecían apetitosas nieves con pastel y alguna otra golosina; de ser el festejo por la tarde, se quebraban algunas piñatas. Esto se hacía en la calle, porque en aquéllos años la circulación vehicular era escasa.

Cada vez que paso por el lugar, en donde tuvo su escuela doña Albinita Bello, recuerdo a una mujer delgada, cabello semicano, anteojos que le caían sobre la aguileña nariz, con un caminar lento.

Para mi doña Albinita Bello, que jamás se casó, es la maestra milagrosa, porque a cientos de niños nos enseñó las primeras letras, buscando hacernos hombres de bien en el futuro.

 

Macrina Rabadán Santana

 

Mujer de ideas izquierdistas ayudó a Vicente Lombardo Toledano, a la fundación del Partido Popular, que con el correr de los años cambió a Partido Popular Socialista. Esta notable política nació en Cuetzala del Progreso, en donde se le sepultó hace algunos años por previa disposición.

Desde joven se radicó en esta ciudad, siendo alumna del recordado Colegio Wallace; al cerrar sus puertas esta institución, partió a la ciudad de México en donde se graduó de profesora.

Casada con el pintor Luis Arenal regresó a Chilpancingo, en donde su esposo pintó los murales del palacio de gobierno, excepto Cuauhtémoc, cuya realización se debe a su colega Roberto Cueva del Río.

En el curso de la campaña de Alejandro Gómez Maganda, quien buscaba la candidatura al gobierno estatal, Macrina lo retó a hacer una administración ejemplar, dándole como respuesta que le fallarían las piernas, pero no el corazón. Fue diputada federal, dando a conocer en la tribuna sus dotes en la oratoria; divorciada de Arenal se radicó en Taxco. Al sentirse enferma pasó sus últimos días en Cuetzala, lugar que nunca olvidó.