Javier Cadena
A últimas fechas, los medios de comunicación y las redes sociales se han visto inundados con la información escolar y académica del actual presidente de la república, y no está de más decir que el tono utilizado, más allá del informativo, es de denostación.
Que si se tardó catorce años para titularse, que si reprobó tales o cuales materias, que si su promedio no es de excelencia, que si no sabe inglés, son apenas cuatro de los puntos utilizados para la descalificación.
Pero siendo sinceros, esta actitud no es nueva, lo que sí resulta extraordinario es la inusitada cantidad e intensidad en que se están manifestando en contra del titular del poder ejecutivo federal en funciones.
Y apegados a la verdad, hay que reconocer que la llamada alternancia en el poder sucedida en el año dos mil, además de sacar al PRI de Los Pinos, también extirpó la regularidad, por llamarla de algún modo, académica de su principal habitante.
Me explico.
Con la llegada de Miguel Alemán Valdés a la presidencia de la república en 1946, los civiles y los “licenciados” desplazaron a los militares y se hicieron del poder presidencial, y aun cuando el tener alguna carrera universitaria no es requisito constitucional para arribar al cargo, esta regla no escrita sigue siendo determinante el día de hoy.
De 1946 a 1988, estuvieron los abogados, todos de la UNAM.
De 1988 a 2000, fueron los economistas, uno de la UNAM y otro del IPN.
En 2000 arribó un administrador de empresas egresado de una institución particular.
En 2006 regresaron los abogados y estuvieron hasta 2018, provenientes también de escuelas privadas.
En 2018 regresó la UNAM a través de un egresado de un politólogo.
Pero planteado así lo único relevante que se ve es el cambio de carreras y del carácter de las instituciones de las cuales provienen.
Pero hay algo más.
Por ejemplo, el desempeño académico de quienes arribaron a la presidencia de la república.
Hasta el año dos mil, todos terminaron en tiempo y en forma sus estudios universitarios.
Es más, incluso se afirma que quien fuera el habitante de Los Pinos entre 1958 y 1964 tenía estudios en el de doctorado en derecho, pero que él no permitió que le dijeran “doctor” porque, según dicen que argumentó, la gente iba a creer que era médico.
Además, los economistas realizaron estudios de posgrado en el extranjero, en específico en Estados Unidos.
Y, entonces, llegó el proceso electoral del dos mil que ganó el primer administrador egresado de una universidad privada, y con este hecho también hicieron acto de presencia ciertos aspectos atípicos en el tema.
Vicente Fox tardó tres décadas en titularse, y lo hizo presentando como tesis un reporte del plan estratégico implementado como gobernador de su estado, y, por cierto, no obtuvo mención honorífica porque el promedio de calificaciones, curiosamente, no lo calificaba para tal fin. Estudió en la Universidad Iberoamericana en la Ciudad de México, y se tituló en la Universidad Iberoamericana de León, Guanajuato.
Felipe Calderón reprobó el examen de admisión de la UNAM, aspecto que lo orilló a estudiar en la Escuela Libre de Derecho.
Enrique Peña fue acusado de plagio en su trabajo de tesis de licenciatura en derecho por la Universidad Panamericana.
Y ahora López Obrador está en el candelero.
En fin…
