Luis Raúl Leyva
La semana pasada mi esposa y yo estuvimos en una reunión con otros padres de familia a la cual fuimos convocados por las autoridades escolares del plantel de secundaria al que Camila, nuestra hija, ingresará el próximo ciclo escolar. Muy temprano, ese día los asistentes recibimos información sobre códigos de vestimenta, regímenes de disciplina y sanciones, así como normas sobre horarios de entrada y salida.
La directora del plantel, la señorita Armandina, presidió la reunión. Tan pronto nos brindó los saludos de bienvenida, justo antes de la difusión del código de convivencia, la señorita Armandina hizo algunos comentarios sobre el comportamiento de los jóvenes estudiantes en la secundaria. Sentí como si los padres saliéramos del acompañamiento con nuestros hijos de un territorio casi inmune y común —la primaria— y nos dirigiéramos a otro completamente distinto, casi inhóspito.
Con micrófono en mano, Armandina nos espetó, “cuiden a sus hijos, en la secundaria todos parecen una ola efervescente”. Teniendo toda nuestra atención o nuestra somnolencia Armandina nos previno más seriamente. “Padres, ustedes van a notar cambios en sus hijos, el plantel es un hervidero de hormonas”. “Las niñas unas veces se juran como amigas inseparables y en otras se tratan como unas perras malditas, los niños son más tranquilos”. Armandina enfatizó su advertencia. “Cuiden mucho a sus hijos papás, por aquí se han visto cosas, que bueno…”. “Las niñas y niños de hoy se dicen unas cosas, ah no sabes cómo disfruté hacer el amor contigo, lo hicimos tan bien, no sabes, aunque sólo seamos quedantes”. Exclamó entonces Armandina. “¿Quedantes? Por favor papás, cómo que quedantes, pobres niñas, ¡cómo las tratan así los jovencitos!”. “Los niños del plantel nos dicen es mi ‘free’”. “Sí, las relaciones ahora entre los muchachos son de quedantes, de ‘free’, amigos con derechos, se besan y se apapachan sin compromiso”. “Son unas facilotas, llegó a decir un alumno. ¡Y sin cobrar!” Me incliné al oído izquierdo de mi esposa, ¿quedantes? Así se dice aquí en San Luis Potosí, me contestó.
‘Quedar’ es un verbo intransitivo, su uso en expresiones verbales, coloquiales, es muy común. ‘Le habló quedo al oído’, es un ejemplo. Su uso más general refiere a su etimología latina. Estar, detenerse en un lugar. ‘Me quedé entonces muy tranquilo’ (Vila-Matas). Entre todas las acepciones, tiene la de ‘Acordar’. Y aquí ya estamos más cerca de los quedantes. ‘Quedar’ con el sentido de ‘Acordar’ se construye hoy normalmente con un complemento introducido por ‘en’: ‘Quedamos en que la reina sería Melusa’ (Diccionario Panhispánico de Dudas.) Pero ‘Quedantes’ lo usan como un sustantivo, ‘Somos tan sólo quedantes’. La pareja acuerda estar en un estado afectivo exento de toda fidelidad, entrega o amor recíproco. Se lo puede definir como estar unidos tan sólo por un acuerdo que no compromete sentimentalmente pero que da favores o derechos de índole afectiva o sexual a los sujetos quedantes.
Cuando estudié la secundaria no existía tal cosa. Uno se enamoraba y buscaba a la muchacha, el cortejo lo iniciaba siempre el hombre, el enamorado. Daba inicio a un romance de proporciones bellísimas. Uno iba a la escuela de quien estábamos encantados y la acompañábamos a su casa. En la semana no había citas. Nos dedicábamos a estudiar. Los sábados y domingos se ocupaban para reunirse en el centro, en el zócalo de Chilpancingo exterminado, destruido dolosamente y con alevosía, a correr a los tapetes, a platicar, a enamorarse, a caminar a Charito a cenar o por una nieve, o por dos aguas de limón a los puestos de periódicos. El momento culminante era la declaración de amor. A la muchacha se le pedía su aceptación para ser la novia. No sé si anacrónico o ridículo, llevaba en mi mochila de la secundaria una antología de poesía modernista mexicana para enamorar a una novia con versos de Luis G. Urbina. ¿En qué momento toda esta magia, este encantamiento, dejó de tener sentido?
Recuerdo que muchos años después, vivía ya en el Distrito Federal, había terminado mis estudios de leyes en la Escuela Libre de Derecho, me enamoré de una muchacha. Nos hicimos novios según el canon tradicional pero después de algunas semanas terminó conmigo. Vuelvo con mi exnovio, me dijo. Una mañana recibí una llamada al teléfono de mi oficina. Se trataba de mi exnovia. Nos saludamos civilizadamente, acto seguido me propuso que anduviéramos de nuevo, que regresáramos (‘estar, detenerse en un lugar, quedar’), pero no como novios. Podíamos estar juntos, me dijo, teniendo un ‘free’. Me quedé mudo. ¿Un ‘free’? Acepté sin tener la más remota idea de qué era un ‘free’. Al colgar la llamada con mi exnovia ahora mi ‘free’ busqué por teléfono a un amigo. Hola Luisito, qué te pasa. Marco, ¿sabes qué es un ‘free’? Se carcajeó. Amigos con derechos, Luisito. Colgué. Tan sólo atiné a pensar, ¡y el novio de mi ‘free’ qué onda!
En San Luis Potosí se llaman ‘quedantes’. En Chilpancingo no había una palabra para tal situación. Si tu pareja no era tu novia pero con ella tenías derechos afectivos o sexuales, el léxico varonil la llamaba de otro modo. El vocabulario vil, discriminatorio, violento, hacia las mujeres, ha existido siempre. Cuando fui responsable de la sección cultural de una revista que se publicó en Chilpancingo (estudiaba la preparatoria en el DF), una amiga me envió un poema para que lo publicara. Lo tituló ‘Puta’. Camino a su casa, o paseando únicamente, sola o con sus amigas, unos tipos se habían dedicado a perseguirla en su carro para gritarle la palabreja porque se había negado a ‘andar’ con uno de ellos. Las cosas no han cambiado mucho en cuanto a expresarnos de las mujeres se trata. La exclamación del niño de la secundaria a la que Camila ingresará ilustra a la perfección —y tristemente— el estado trágico de una infancia que se desmorona en pedazos.
La evolución descomunal de los medios electrónicos de comunicación ha creado —entre otras deformaciones humanas e intelectuales—, niños, jóvenes, personas esclavizadas a una pantalla de su teléfono celular. Esta realidad dio al traste con la calidez humana, al trato entre las personas, al enamoramiento, sin que necesariamente esté determinado por una relación, a la cercanía entre los miembros de la familia, su interrelación fundada en la mirada, en un apretón de manos, en los abrazos y las risas.
El libro es un objeto olvidado por las generaciones recientes. Trátese de ‘Millennials’ (1980-2000) o de la ‘Generación Z’ (2001-2010), dominadas por la tecnología y la world wide web. Y de la historia, ni hablar. Los jóvenes de hoy confunden al presidente Madero con el nombre de un ron. Han cambiado los valores o bien han desaparecido. ¿Cuál será la axiología del futuro?
En las márgenes de un mundo globalizado, complejo tecnológicamente, estrechamente comunicado, con accesos a información inmediata, hay rastros de soledad, de hastío, de ‘quedantes’ y ‘frees’. Nunca sabrán, posiblemente, qué es La llama doble.
